viernes, 13 de noviembre de 2020

David Leyton



David; padre, amigo, hermano.

“Como el arco del cazador, así era el tambor del chamán. El arco permitía al cazador transformarse en un animal que salta, fulmíneo, con una prisa mortal. El tambor era el lago en el que el chamán se zambullía para entrar en un mundo que los otros no veían. Antes que nada, era necesario encontrar el tronco del que había sido sacado el círculo del tambor. Al golpear el tambor, el chamán contaba la historia de ese árbol. También la piel del tambor hablaba. Contaba cómo había vivido hasta que un cazador la había herido. El chamán es el árbol y el animal que fueron matados. El chamán se vuelve ese árbol y ese animal. En ese punto el tambor comenzaba a guiar al chamán. Era una pluma, una cabalgadura. El chamán se agarraba al tambor como a la cabellera de un caballo. (...)
Los mundos son tres y los hombres normalmente están en el del medio. Los chamanes, en cambio, están en todos ellos. A veces tocan con la cabeza uno de los mundos, pero tienen los pies apoyados en otro. En los tres mundos existe la misma cantidad de vida, de hierba, de presas, de hojas. (…) Su papel es el del conocimiento (…) el conocimiento metamórfico, ese conocimiento que transforma a aquel que conoce en el momento en el que conoce.” (Roberto Calasso. El cazador celeste)





 

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